Albert Serra: “No tengo ni idea de por qué hago las cosas”

Por Enrique F. Aparicio · 24 junio, 2019

La obra de Albert Serra es un signo de interrogación en mitad de la sabana del cine español. Desconcertante y esquivo, pero nunca carente de interés, el catalán es una figura reconocida y reconocible en el Festival de Cannes, del que este año se va con un Premio Especial del Jurado por su película Liberté, que muestra una noche de cruising entre libertinos del siglo XVIII a los que se les acabarán generando angustias más bien contemporáneas, cuando el deseo se vuelve horizontal y no distingue entre géneros, poder, atractivo físico y clases sociales. Bajo el mantra de que los artistas no tienen derechos sino solo deberes, y asqueado de la deriva burguesa a la que tiende el creador dentro de la lógica capitalista, Serra se interesa de nuevo en la Europa prerrevolucionaria con una cierta ansia “escapista”, que ponga en tensión estos tiempos donde impera “el capricho, insaciable y pequeño. El tener todo el rato lo que quiero”.

“Vivimos en un mundo de interés… solo los artistas escapan a esta lógica”. Albert Serra (Banyoles, Girona, 1975) es un buen ejemplo de que incluso en una industria dominada por secuelas y superhéroes, ese interés hegemónico todavía permite algunos resquicios entre los que se cuelan otras motivaciones. Calificar su obra de provocadora o su personaje de verso suelto entra, a estas alturas, en las dinámicas del lugar común, esas que siempre ha evitado. Después de El cant dels ocells o Història de la meva mort nadie puede acercarse al cine del catalán con inocencia, y de hecho cada nueva película con su firma parece afilar los colmillos de cierta parte de la crítica. Liberté, avalada ahora con un Premio Especial del Jurado en una cosecha histórica para nuestro cine en Cannes, ahonda en el interés de Serra por el siglo XVIII, “un momento de tensión, prerrevolucionario; también es el siglo de las luces, con todos sus avances. Hubo una tensión social que desembocó en unas revoluciones absolutas, de las que no hemos vuelto a los estadios anteriores”.

Con un título absoluto y provocador –“ofender es una cosa buena e higiénica. Hay gente que se lo merece”–, su autor define Liberté como una película “sobre la intimidad y el deseo”, que reflexiona sobre la potencia política del cruising (sexo colectivo en lugares públicos). En la cinta, un grupo de libertinos franceses busca cobijo atravesando Europa mientras huyen del conservador mandato de Luis XVI. Lo que empieza como una noche de farra para estos “libertinos desamparados”, va mutando por la naturaleza de sus encuentros sexuales, “de todo tipo y condición, y su estado acaba en una angustia más contemporánea, postfreudiana”. Con Casanova como patrón, y buscando “la idea de proporcionar placer sin distinciones, indiscriminadamente”, la igualdad que provoca la oscuridad y la falta de valores sociales y morales hace que “te despojes de tu propia vanidad, de tu interés, ya no piensas tanto en ti, sino en el grupo”.

En este estado, “uno se olvida de sí mismo. El cruising es un área políticamente muy potente, porque no hay diferencias entre ricos, pobres, guapos, feos, mujeres, hombres… ni entre cuerpos bonitos o feos. Impera la idea de utopía, de la profunda arbitrariedad del deseo, en un mundo de los seres de la noche”. Como no puede ser de otra manera, porque la cinta sucede “durante una noche y conceptualmente trata de la noche, cuando nuestros deseos se transforman y cambian los puntos de vista. La noche tiene unas reglas propias que el día no puede tener”.

En esa noche, el motor pasa del capricho a la arbitrariedad: “el capricho tiene la lógica del mercado capitalista, mientras que la arbitrariedad linda siempre con el abismo. Juega con una injusticia profunda, es una apuesta arriesgada. El capricho es insaciable y pequeño. Es tener todo el rato lo que quiero”.

Para ello, ha contado con “un elenco que he escogido de manera similar: he mezclado actores famosos con técnicos convertidos en actores, aficionados encontrados gracias a Facebook, gente de mi pueblo, actores de teatro… Sin ninguna regla, a excepción de mi gusto por el caos y mi odio por la vanidad de los actores”. Serra ve en los intérpretes la cualidad de lo “frágil, algo que me dio gusto constatar durante el rodaje. Creo que es necesario transmitir cierta inocencia. En la vida real, no me gustan las personas frágiles, así que fue como un sueño estar allí con ellos y que su fragilidad no me molestara. Durante el rodaje, estamos obligados a aceptar lo inaceptable, tanto ellos como yo. Y eso me encanta”.

Ánimo escapista

Convencido de que Cannes es “el sitio perfecto” para presentar su cine, porque “hay una élite crítica que se interesa por mi trabajo y siento que hay curiosidad por cada nueva propuesta”, Serra cree que el premio “honra al festival y, de alguna manera, permite que la película esté a la altura de su título y su riesgo sea recompensado”. Perseguido por la etiqueta de cineasta en los márgenes, el catalán considera que “la gente que está en los márgenes son toda la gente que no está en Cannes. Yo vivo en el corazón, en la centralidad máxima del cine mundial, estética e industrial, a pesar de la modestia (siempre razonable) de algunas de mis producciones”. Aunque, tras años participando y acudiendo a la Croisette, también ha aprendido a “relativizar su importancia, Historia de mi muerte fue rechazada allí (con una versión no acabada, media hora más larga) y acabó ganando el Leopardo de Oro en Locarno unos meses más tarde”.

En su empeño por mostrar situaciones utópicas en un mundo que ya no existe, se podría acusar a Serra de dar la espalda al mundo en el que vive. “Puedo padecer de un cierto escapismo, por el lado pequeñoburgués de las imágenes, y me cuesta rodar el siglo XXI”, reconoce. “No me interesa meterme en un apartamento a filmar problemas de pareja, pero ese escapismo se da porque yo, como todos los artistas, soy más o menos burgués y esos son nuestros temas, nuestros problemas”. ¿Ha querido mostrar o demostrar algo de la sociedad de esa época? “Nada. De hecho no tengo ni idea de por qué hago las cosas. No hay significados, ni ideas previas en mis películas, solo la fatalidad de mi carácter”.

Con una carrera ya consolidada a sus espaldas, la libertad que lleva ahora hasta el título de su última película puede verse comprometida por las expectativas, externas e internas, que genera su trabajo: “aunque la tiranía del éxito está laminando esta libertad a través de la autocensura y el miedo. Hay que combatirla, pero no es fácil”. En la cinta no reconoce “un cuestionamiento a la moral, ni nada eso. La película es un canto a la libertad de la imaginación y al poder de la ficción para decirlo y contenerlo todo. Nada más”.

Respecto a esa Europa en descomposición que ha parecido cogerle el gusto a filmar y la actual, sobre las que podrían trazarse ciertos paralelismos, Serra es crítico con “la Unión Europea tal como está construida. No ha hecho más que incrementar las diferencias entre ricos y pobres en los últimos años. Es un desastre, no funciona. A nuestros valores mezclaron el capitalismo y al final no tendremos ni valores ni dinero. Hay que ser más serio. No me importa que desaparezca”. Con todo, resalta “la capacidad autocrítica permanente” de la identidad europea, “que no existe en ningún otro lugar del mundo, y su sofisticación estética, también única”.

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