Querido José María, por Manuel Martín Cuenca

Por Manuel Martín Cuenca · 2 mayo, 2020

El director y guionista Manuel Martín Cuenca se despide de José María Riba.

Querido José María,

Me acabo de enterar de tu fallecimiento y ha caído sobre mí como un enorme jarro de agua fría. Es difícil explicar el cariño y el agradecimiento que te tengo, los innumerables recuerdos que me atan a tu eterna sonrisa. Quisiera parar el tiempo, viajar a París y ponerme delante tuya y, antes de que partieras, poder darte un abrazo enorme , uno de esos abrazos que ahora no están permitidos y que son lo más hermoso que ha creado el hombre: el amor, la empatía y el agradecimiento.

Te conocí en París, durante un seminario de cine en la Universidad de La Sorbonne. Yo estaba montando mi película La mitad de Oscar y había oído hablar tanto y tan bien de ti que me atreví a escribirte para enseñarte un corte de la película, para que me dieras tu opinión. Llegaste en moto, ésa que usabas para moverte por la ciudad, te quitaste el casco y me regalaste esa enorme sonrisa socarrona que nunca se te borraba del rostro, incluso en los tiempos más difíciles. Nos sentamos en un parque y hablamos de cine y de lo que te había parecido la película. Supe desde ese primer momento que eras un hombre feliz y sobrio, recio y determinado, pero sobre todo generoso.

Nunca más volviste a ser un desconocido, desde aquel día se sucedieron muchos encuentros y muchas sonrisas. Recuerdo que cuando te marchabas, otra vez en moto, me preguntaste si podías quedarte la copia en dvd de la película, que yo te había enviado por correo, “para mi archivo”, me dijiste. Y para mí fue todo un honor que la quisieras. Luego, te pusiste el casco, te montaste y te marchaste. Después descubrí que, por entonces, trabajabas en France Press, en el turno de noche, y que habías tenido el detalle de venir sin dormir para poder hablar conmigo y conocerme. Otra prueba de tu personalidad y de tu amor al cine. Eras humilde, generoso y sabio. Muy sabio.

Habías trabajado en el festival de Cannes, siendo director de la Semana de la Crítica, en San Sebastian y en multitud de medios de la prensa francesa. Y, por aquel entonces, en 2009, habías iniciado lo que para muchos fue nuestra puerta a Francia: Espagnolas en París, que organizaba un pequeño festival llamado Different, desde el que apoyabas a cineastas españoles para que se conocieran en Francia. Desde él tratabas de abrirnos todas las puertas posibles en la industria francesa. Puertas que conocías muy bien. Sabías de cine como poca gente he conocido en mi vida y nunca alardeabas de ello. Sólo sonreías y tratabas de ayudarnos. Te convertiste en mi amigo y me sentía orgulloso y feliz por ello.

Desde entonces te vi muchas veces en París, en Madrid, en Cannes, en San Sebastian… estuviste ahí siempre que te necesité y me ayudaste en mi carrera mucho más de lo que me merecía. Una noche me llevaste a tu redacción de France Press y me enseñaste lo que hacías allí. Me sentí como el intruso al que cuelan por la puerta de atrás en un santuario y le regalan al mejor cicerone del mundo.

Sé que ayudaste a mucha gente, no sólo a mí. El cine español te debe mucho, y especialmente el cine pequeño, el cine íntimo, el cine más personal. Eras capaz de ser un grande, de abrirnos las puertas del Festival de Cannes con tus contactos y, también, de presentar nuestras películas, convocar espectadores, poner canapés en los vestíbulos de los teatros y sonreír, siempre sonreír, aunque tuvieras que hacerlo todo con poco, con muy poco. O con mucho, según se mire: tu sabiduría y tu determinación.

Para muchos de nosotros fuiste el gran embajador del cine español en Francia, nuestro amigo, nuestro camarada cineasta… me acuerdo cómo un día me abrazaste en uno de los bulevares de París porque estabas preocupado por mí y mi vida personal. Estaba pasando una crisis en mi familia y yo te lo había contado. Tenías un pecho grande, acogedor, y una entereza de hombre del norte de la que no te querías separar.

Creaste un foro de proyectos: Small is Beatiful, donde no sólo podíamos llevar nuestras películas sino también nuestros sueños, nuestros proyectos, para que se pudieran abrir paso en Francia. Allí estuvieron mis sueños que se pudieron realizar y también los que se quedaron en el camino. Compartí muchas comidas y cenas, muchas horas de cine contigo… Y cada ocasión era un privilegio. Siempre tenía ganas de volver a París para verte… las mismas ganas que tengo ahora de viajar en el tiempo para abrazarte.

José María… querido José María, tu humildad era bella… y desde esa humildad hacías grande al cine.

Te querré siempre.

Manuel

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