Sergio Villanueva recuerda a Jesús García de Dueñas

21 mayo, 2020

El autor de Los comensales dedica un recuerdo al director, escritor e historiador del cine

Querido Jesús:

Aunque me dicen que te has ido de viaje, te escribo como de costumbre, aun en pleno confinamiento, para ponerte al día sobre Las sombras de los gozos, el guión que he escrito para tu adorada Charo López, con tutorías del tío y maestro José Luis García Sánchez y tuyas propias. Decirte que se estaba moviendo por algún despacho justo cuando nos ha sorprendido esta pandemia. Así que esperaremos a ver cuando todo esto acabe y podamos rodarla. Mientras, estoy leyendo, escribiendo y viendo un montón de cine pendiente. Pero, sobretodo, estoy regresando a todas esas películas a las que siempre hay que regresar para seguir siendo más o menos una buena persona. En ese sentido, tengo ahora de las primeras en la lista, Breve encuentro, de David Lean, porque recuerdo que me dijiste que fue la película que despertó una voz en tu interior que te gritó: ¡Quiero dedicar mi vida al Cine!… Y vaya si la dedicaste.

  ¿Sabes?, nunca lo comentamos pero los dos estudiamos Económicas antes de convertirnos en “peliculeros”. No sé a ti, pero lo que a mí me pasó es que en vez de ir a la biblioteca con libros de Contabilidad y Macroeconomía, acababa en los cafés con revistas y libros de Cine. Porque en realidad, en esos años universitarios, soñaba con llevar la vida que tú llevaste y que posteriormente me contaste en cada uno de nuestros encuentros, ser una especie de Mastroianni recorriendo La Dolce Vita de la Roma mítica de finales de los cincuenta, como observador y narrador de esa época tan llena de gente fascinante, tan noctámbula, elegante y cinematográfica. Y tú fuiste exactamente una especie de Marcello Rubini, pero con nombre y apellido de aristócrata Berlanguiano, en el Madrid de los sesenta. Lugar y tiempo que era fácil de habitar con cada una de tus anécdotas. De todas ellas, la que más me parece que he vivido a tu lado es la de tu encuentro y posterior borrachera con Ava Gardner, a base de coñac, en el Café Gijón.

Lo que has visto y vivido, Jesús. Casi todo, amigo, porque, como han dicho de ti, lo que no has vivido lo has estudiado y además lo has compartido. Qué suerte la nuestra, en ese sentido, al poder acompañarte a cada uno de los rodajes, estrenos, fiestas que tú vivías, desde tus publicaciones en la revista Triunfo, Nuestro Cine, Positif o Cuadernos de Arte y Pensamiento hasta “Las lentejas”, nuestra particular tertulia gastro-valleinclanesca de cada martes con históricos del Cine Español y de la propia vida; donde, como bien sabes, las comidas duran casi cuatro horas y concluyen con cancionero popular que se arranca de manera improvisada cuando ya bajamos con orujos la comida y cierra, como es galdosiana tradición, don Julio Diamante, maestro de maestros no solo en el arte del cine sino también en el de la copla.

Daba gusto oírte hablar sobre Buñuel, Berlanga o Fernán Gómez. José Luis llegó a decir un día que a ti te debía don Fernando, de alguna manera, que no se hubiera acabado su carrera con el estreno de El extraño viaje, porque en medio de la dictadura, aquella era una película incomprensible y muy incómoda para el Régimen pero tú, con un par de cojones, escribiste una valiente crítica en Triunfo que la posicionó como una de las mejores películas de la historia, y aquello provocó que el público la apoyara. Porque era el tiempo quizá de la crítica valiente, aún jugándose los despidos; era el tiempo en que la gente leía esas revistas con fidelidad apasionada, y por tanto se influía en la sociedad desde la opinión y la exhibición del Cine. Era una época que me hubiera gustado vivir, lo sabéis todos muy bien en “Las lentejas”, un tiempo en blanco y negro, granulado y con atmósferas cargadas de humo de tabaco, lucha y sueños que se rozaban y casi cumplían.

También hemos compartido la publicación de libros. Y nos hemos intercambiado ejemplares, como el de El Imperio Bronston, que me dedicaste con todo el cariño, sobre la figura del hombre que se encontraba detrás de aquellas producciones míticas, 55 días en Pekín, El Cid, La caída del Imperio Romano o Rey de Reyes. Por este libro recibiste el Premio Muñoz Suay de la Academia de Cine. Y tantos otros que te merecías.

Los dos dedicamos un libro a nuestro querido amigo Juan Luis Galiardo. El mío se publicó con anterioridad y, con toda la elegancia del mundo, de la que en todo momento hiciste gala, me pediste permiso para poder utilizar algún pasaje de mis conversaciones póstumas con Juan Luis. Te dije, como bien sabes, que era un honor y que adelante. Y en tu texto, tiempo después, pude comprobar que no dejabas nunca de considerar mi nombre y autoría en cada uno de los párrafos que te sirvieron para ilustrar al gran Galiardo. Y es que así fuiste siempre Jesús, un señor, alguien con quien comparto valores éticos y estéticos quizá de otra época, porque son esos que se resumen en una premisa ya casi olvidada: sin lealtad no hay honor. Por eso creo que nos presentó José Luis, que tiene entre sus muchos dones, el de la sabiduría para unir a la gente. Y la generosidad infinita, como la tuya propia, de ofrecer todo el tiempo y conocimiento para consejo y guía. El más importante, el que los dos siempre me habéis dado: “Y ahora, después de lo que te hemos contado, tú deja de hacernos caso y haces lo que de verdad creas”.

Te has ido con la misma elegancia con la que recorriste más de medio siglo del Cine Español. Echaré de menos nuestras charlas, tus consejos para arreglar alguna secuencia de Las sombras de los gozos para que tu adorada Charo brille con todo tu cariño, o para poner en jaque a algún productor cabrón de la vieja escuela. “Las lentejas” no sabrán igual sin tus anécdotas sobre Samuel Bronston, Fernán Gómez o el Madrid de Ava Gardner. Un honor haberte conocido y disfrutado, querido amigo. Dale un enorme abrazo a Galiardo ahí arriba. Os llevaré un buen vino y un litro de horchata para Juan Luis, cuando me toque reunirme con vosotros… buen viaje. Sé que esta noche vuelves a emborracharte con Ava y te vuelves a enamorar de ella en un Café Gijón ya aquí abajo imposible. Por eso, aunque triste, soy capaz de sonreír, aunque lleve puesta una mascarilla.

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