Pablo Agüero: “La belleza es el arma de los artistas”

Por Chusa L. Monjas · Fotografías de David Herranz · 18 septiembre, 2020

El cineasta argentino vuelve a competir por la Concha de Oro con la historia de unas jóvenes vascas acusadas de brujería

“Reparar una injusticia histórica, devolver a la vida a esas olvidadas de la historia, aportar un grano de arena a la lucha por la igualdad, crear una obra singular y potente… y también divertir, emocionar, asustar y sorprender a los espectadores”. Estos son los ambiciosos objetivos de Pablo Agüero con Akelarre, coproducción avalada por Argentina, Francia y España que concursa en el Festival de Cine de San Sebastián. Establecido en el país galo, el cineasta argentino regresa al certamen en el que presentó, en la sección Zabaltegi, 77 Doronship, y en el que aspiró a la Concha de Oro con Eva no duerme. Y lo hace con el proceso de un grupo de jóvenes vascas acusadas de brujería en 1609, una historia inspirada libremente en las memorias del inquisidor Pierre de Lancre. Protagonizada por Amaia Aberasturi, Yune Nogueiras, Garazi Urkola, Irati Sáez de Urabain, Jone Laspiur, Lorea Ibarra, Jeanne Insausti y Álex Brendehmühl, su nueva propuesta –que se estrenará el 2 de octubre– no puede tener “un lugar más legítimo” que Zinemaldia, “uno de los cuatro principales festivales del mundo. Además, desde la ciudad de San Sebastián se organizó la producción de la película”.

 

¿Cómo llegó al libro del inquisidor francés Pierre de Lancre?
Cuando presenté mi primera película en Cannes en 2008, me alojaron en un piso con una biblioteca muy misteriosa. Allí descubrí La bruja, de Jules Michelet, un libro prohibido durante muchos años, donde se presenta a la bruja como una figura revolucionaria, perseguida por el poder monárquico y patriarcal. Un capítulo está consagrado a Pierre de Lancre. Tardé mucho tiempo en conseguir una versión completa del Tratado de los malos ángeles y demonios, donde De Lancre cuenta que combatió la supuesta brujería en el País Vasco.
¿Qué le atrapó del Tratado de los malos ángeles y demonios?
Ese texto, contemporáneo de Shakespeare, impregnado de todo el imaginario barroco de la época, es una obra cautivante. Solo que el juez no la tomaba como una ficción, sino como una guerra real contra Lucifer y sus seguidoras.
Las brujas son iconos de una feminidad exacerbada, de cosas que asustan a los hombres, y también son símbolos del mal, de la liberación femenina, la lucha contra las normas…Tienen conocimientos de magia y medicina; son viejas, con nariz ganchuda y joroba, pero también son mujeres de belleza cautivadora; conocen los secretos del sexo, la vida y la muerte…Y por eso hay que perseguirlas, torturarlas y quemarlas. ¿Cómo encaja este relato de 1609 en el siglo XXI?
Para escribir el guion estudié casos judiciales contemporáneos. Aún hoy, la justicia y la sociedad deforman la realidad al mirarla con los ojos de sus propios prejuicios. El cliché de las brujas viejas y feas es una manera de ocultar que lo que perturba al poder masculino es el erotismo del cuerpo femenino. La nariz ganchuda era un ingrediente antisemita. La visión de la mujer como un ser más cercano a la naturaleza que a la civilización, un ser puramente físico y determinado por la sexualización son prejuicios que vienen desde lejos, desde las primeras páginas de la Biblia, donde Eva nace de una costilla de Adán y permite la entrada del mal al paraíso. Esos símbolos poderosos siguen teniendo un peso desmesurado.
Tardé una década en poder producir este proyecto porque la mayoría de los productores decían que el tema no tenía ninguna resonancia en nuestra época. Y de pronto, en un par de años, gracias a #MeToo, Femen y otros movimientos de lucha por la igualdad, se ha vuelto rápidamente un asunto de actualidad.

«Aún hoy, la justicia y la sociedad deforman la realidad al mirarla con los ojos de sus propios prejuicios»

El protagonista masculino de su filme dice que “la belleza es la principal arma de Lucifer”. Ahora que el feminismo, la lucha por la igualdad y la ruptura de estereotipos y cánones de belleza, tiene más fuerza que nunca, ¿la belleza sigue siendo un arma?
Es el arma de los artistas. Y es un arma revolucionaria cuando no se limita a reproducir los cánones establecidos, sino que reivindica la pluralidad y la singularidad. La belleza puede encontrarse en aquello que la sociedad ha decretado como ‘feo’. Pero es belleza cuando se asume a sí misma, en la plenitud de su identidad, e irradia su propia energía. Reinventar la belleza es un arma del arte, pero también de la emancipación femenina.

Su película muestra el origen y las fuentes de la intolerancia religiosa. El llamado «azote de la brujería» sirvió para mantener a numerosas generaciones en la ignorancia y la sumisión, a través del terror.
Es muy importante mostrarlo porque nuestra sociedad se fundó sobre esas bases. Hasta en pleno siglo XX, dictaduras de corte conservador y clerical continuaron esa represión bajo las mismas banderas de la ‘civilización occidental’. La destrucción de las culturas locales, la violencia de clase y la violencia machista son la herencia de esos siglos de represión.
El mito de la brujería persiste en el cine. ¿Existen las brujas?
Lo que me causa mucha indignación es que la gran mayoría de las obras de ficción dan por cierta la versión de la historia que impusieron los inquisidores. En el mejor de los casos, vemos que la protagonista es inocente pero que la verdadera bruja estaba en el bosque, comiendo niños. Es terrible constatar que no se han generado relatos desde el punto de vista de las víctimas y sin reproducir los fantasmas delirantes y misóginos que nos impusieron la inquisición y sus herederos. Por eso luché tanto para que esta película exista.
La Inquisición española fue de las más benignas con la brujería entre las europeas. En el País Vasco francés, en cambio, los procesos fueron brutales, especialmente los que llevó a cabo Pierre de Lancre.
Pierre de Lancre era un juez ‘laico’ y quería demostrar que no era menos feroz que los inquisidores de la iglesia española. Pero todos sus argumentos son religiosos, basados en un supuesto complot satánico contra el orden divino. Es interesante ver cómo jueces como De Lancre, que fueron la transición hacia nuestra justicia actual, laica e independiente, son en realidad una continuidad del pensamiento religioso y del poder monárquico. Eso explica la continuidad de los prejuicios hoy en día.

 

Originalidad, profundidad y exigencia artística

Fe religiosa, superstición y desvarío son inseparables en esta historia protagonizada por jóvenes euskaldunas –el filme está rodado en euskera–. ¿Cómo fue el proceso de selección?

El cásting duró un año, vimos alrededor de mil candidatas; algunas llegaron a pasar hasta cuatro pruebas, individuales y grupales. Luego, con el grupo formado, hubo todo un trabajo de entrenamiento en actuación, danza y canto, que fue también una manera de generar una cohesión entre ellas, como si fuesen amigas desde siempre. Otro aspecto complejo fue lograr que todas hablaran un mismo tipo de euskera y que resultara natural, no declamado. Una de mis prioridades ha sido la búsqueda de una frescura contemporánea. Una película que no parezca de época, sino algo que podría suceder a nuestras amigas, hijas, hermanas…

«Reinventar la belleza es un arma del arte, pero también de la emancipación femenina»

En el equipo técnico contó con el director de fotografía Javier Aguirre, el director de arte Mikel Serrano, la compositora Maite Arroitajauregi y la montadora Teresa Font.
Un equipo de lujo. Maite Arroitajauregi es una verdadera ‘bruja’ en el estilo de sus creaciones. Con ella investigamos mucho en melodías antiguas que luego modificamos con arreglos para darles vida y espontaneidad, o para volverlas más diabólicas en ciertas escenas. Las letras de la canción fueron escritas por el gran poeta vasco Jon Maia. A Mikel Serrano le pedí una estética orgánica, un poco atemporal. Con Javier Aguirre concebimos una puesta en escena contraria al clasicismo habitual de las películas de época, rodando en mano, con dos cámaras, unas 200 horas de material para una hora y media de montaje final. Con Teresa Font debimos idear un método de trabajo que permita gestionar esa cantidad inédita de material y montarla construyendo un lenguaje elíptico, dinámico, generando suspense y toques de humor.
Akelarre es la única producción española de ficción que competirá en la sección oficial del 68 Festival Internacional de Cine de San Sebastián, certamen que conoce muy bien. ¿Le gusta competir?
Para las películas que no tienen un objetivo puramente comercial, sino que representan un desafío artístico y en cierto modo político, un gran festival internacional es una necesidad para lograr una promoción suficiente, al no contar con los medios económicos de los que disponen las producciones mainstream.
Vuelve a apostar por la coproducción.
Cuando haces la apuesta de dirigirte a un público inteligente y sensible, lo más probable es que no haya millones de espectadores en un solo país, pero que sí haya una proyección internacional y una cantidad importante de espectadores ávidos de algo diferente en muchos países del mundo. Esa configuración lleva naturalmente a coproducir.
En la actualidad, ¿cómo ve el cine de autor?
Existen actualmente autores que logran grandes éxitos populares con obras muy personales. Son pocos, pero suficientes para creer que hay en la gente una verdadera demanda de originalidad, profundidad y exigencia artística. El gran obstáculo a superar, para las producciones no originarias de Estados Unidos, es la distribución y promoción de las películas de autor.

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