Koreeda, un cineasta marcado por la paternidad

25 noviembre, 2013

El realizador visitó la Academia una semana antes de estrenar su última producción, De tal padre, tal hijo

En una sala abarrotada en la que prácticamente nadie se levantó del asiento tras los títulos de crédito, un público entregado preguntó y agasajó al cineasta nipón. Un hombre reflexivo, capaz de valorar el silencio y de pararse a cavilar con calma cuál será la respuesta adecuada para cualquiera de las cuestiones que sus espectadores tenían preparadas. Los asistentes se interesaron sobre cuáles eran los secretos para trabajar con niños y qué sentido tiene el mundo para un realizador de su talla, pero sobre todo se preguntaron cómo había cambiado su filmografía el nacimiento de su hija. Poco o mucho, destacó que hizo Kiseki (Milagro) con un objetivo claro: que ella, al cumplir 12 años, pudiese disfrutar en pantalla grande de una película que pensó únicamente para que la disfrutase. Se desconoce si cumplirá tal fin pues la pequeña aún tiene 6 años, pero mientras tanto multitud de espectadores han disfrutado ya esta película a lo largo y ancho del mundo. Y, de momento, su hija ha transformado su vida y su oficio, su mundo.

“Esto es como el cuento del pájaro azul: en la vida diaria nos encontramos con pequeños milagros a los que damos poca importancia, pero es cierto que ahí están y existen”, destacó Hirokazu Koreeda cuando le interrogaron sobre qué enseñanza le gustaría que sacase su hija de un largometraje como éste. Acto seguido, afirmó que era ésta una película sobre “el poder de los sueños, que nos hace reflexionar sobre todo lo que realmente importa”. Y es que Kisekiguarda en sus escenas un tono muy positivo y gozoso –“No quería hacer una historia que reflejase para mi hija un presente o un futuro desagradable”–. Los protagonistas, que interpretan a dos hermanos, eran hermanos en la vida real y le hicieron replantearse el guión: “En principio, yo contaba cómo un niño y una niña que se enamoraban en un tren, pero al conocer a estos dos chavales le di la vuelta a todo. Quizá mi encuentro con ellos influyó en el tono, porque ya en el casting vi su energía y su animosidad”.

¿En qué momento nos estropeamos y dejamos de ser brillantes niños para convertirnos en torpes adultos? “Es realmente difícil saber cuando nos rompemos, es un tema inabarcable y muy difícil de responder, pero en esta película hay una escena clave en la que uno de los críos afirma: ‘en vez de pedir un deseo para mi familia, he escogido el mundo’. Eso explica la resignación hacia las cosas más tangibles, es ese sentimiento el que hace crecer una persona. Nos desarrollamos aceptando ese tipo de hechos y así nos convertimos en adultos. Deberíamos ser personas más perfeccionadas, pero definitivamente no lo somos”.

 

Mucha paciencia

“Aunque Hitchcock tuviese miedo a trabajar con niños, me alegro muchísimo de que usted no los tema”, le espetó una admiradora minutos antes de que Koreeda desvelase su truco para trabajar con los más pequeños. “He llegado a entrevistar para un papel a 800 niños en cuatro ciudades distintas. Una vez elegidos, les transmito que rodaremos tal y como suelo hacerlo. No habrá guión para ellos, a través de mis palabras les cuento que tienen que hacer en cada secuencia. Ni siquiera les marco las palabras, en este filme ellos hablaban con dialecto de Osaca y de ellos salía cómo contar las cosas”.

También destacó que “cuando una persona intenta que los críos o los animales se muevan o actúen de una forma determinada, es muy costoso conseguirlo. Por ello trato que interpreten con su propio carácter y vocabulario, así voy reeditando mi guión y sufre muchas veces cambios. Ahora bien, el problema viene cuando en el rodaje hay siete niños: uno tiene hambre, dos sueño y el resto suelen estar peleándose. La paciencia es un valor imprescindible”.

 

La soledad y la vida de los otros

Casi noventa minutos duró un encuentro en el que la audiencia se deleitó con este cineasta habitual en Cannes, que no dejó al margen temas espinosos como la soledad en Japón –“En mi país hay mucha gente que vive sola. En Air Doll quise poner de relieve que una muñeca vacia se llena gracias al aliento de los seres queridos. La soledad se puede solucionar gracias a la mano de otras personas”­–. E incluso le llegaron a preguntar si merecía la pena el mundo, mientras que él siempre intentaba encontrar la respuesta dentro del argumento de Kiseki: “Los protagonistas salen a la aventura y se encuentran con una pareja de ancianos que les ayudan. Para los hermanos se trata de un encuentro con el mundo, ahí empiezan a pensar en la vida de los otros. Empezar a preocuparse sobre eso es muy importante, nos hace crecer como personas”.

A Koreeda le han llegado a decir que es “un digno heredero de Yasujiro Ozu”, cosa que le halaga y considera un elogio –“No niego tener influencias suyas, pero no creo que sean tantas”–. El realizador japonés no ha parado desde que llegó a Madrid, donde se dió varios baños de multitudes de la mano de la Semana Internacional de Cine de Madrid, festival que ha recorrido su carrera como director con la proyección de sus historias en Cineteca y la Sala Berlanga. A su vuelta, en Japón, le espera su hija de 6 años, que, según confesó en la Academia “se parece más al hermano menor de Kiseki. Comparten el optimismo ante la vida, será cosa de la inocencia… Su nacimiento ha influido en mis obras gratamente, desde entonces ha habido cambios sustanciales, pero aseguro que no han sido de forma consciente”.

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