Juan Diego: «Es casi un milagro seguir haciéndolo bien»

Por Juan MG Morán · Foto: ©Alberto Ortega · 3 noviembre, 2015

Medalla de Oro 2015 y un intérprete sin igual al que asisten cincuenta años años en el oficio

«¡Qué alegría verle querido maestro!». A Juan Diego le resulta muy hermoso que la profesión le quiera, no solo con premios y laureles, sino también a base del cariño que cualquier compañero le dedica casualmente en los pasillos de la Academia. Este actor al que le gustaría, sin duda, que sus interpretaciones hubiesen servido para algo, rompió las costuras de la vida que se le preveía en su Bormujos del alma. Parece aún no haberse dado cuenta de que es ya dueño de una trayectoria que es todo un monumento al ahínco y al coraje. Una carrera que ahora, fortuna de por medio, le hace merecedor de la Medalla de Oro de la Academia.

Él, que se negará siempre a ser mercancía, conforma un discurso en torno a la suerte y considera que la vida es «mucho más de lo que vivimos, de esas vivencias que nos hacen tener alegrías tontas o sufrir tanto. Nuestro cerebro y nuestra alma son cosas tan maravillosas como desconocidas, y mientras eso anide en nosotros, seguiremos siendo cosa importante en el cosmos». Comprometido hasta el hueso, bromista incansable, a este sevillano le das un café solo y un poco de hilo, y no hay quien le frene. Juan Diego a borbotones.

 

Le otorgan la Medalla de Oro, un reconocimiento claro y directo de sus compañeros. ¿Le sirve para hacer balance?

Echando la vista atrás solo pierdes el tiempo. Volver atrás siempre es no solo bastante complicado sino tonto e innecesario, siempre hay que mirar al frente, adelante. En cuanto a la Medalla, es mucho que venga de ellos. Es muy hermoso que a uno le quieran aún cuando se me ha colgado el sambenito de mal carácter, y la verdad es que soy como cualquier hijo de vecino, que cuando le pisan el callo se queja.

Desarrolló la pasión por el oficio de la interpretación en un entorno casi contrario.

Totalmente ajeno. En mi casa no solo no había nadie que se dedicase al teatro, sino que había que ir hasta Sevilla para ver una representación. Costaba mucho estar en contacto con la cultura y uno no toma conciencia de su importancia hasta que ­marcha a estudiar fuera, entonces ya todo parece otra cosa.

Siempre se habla de los comienzos…

Pero los comienzos son los de todos: el colegio, las fiestas y el fin de curso. En realidad, eso es lo que pensé durante mucho tiempo, pero en mitad de una entrevista en Sevilla, a la vez que representaba El lector por horas, de Sanchis Sinisterra, en la que interpretaba a un señor que leía textos a una chica ciega riquísima, me di cuenta de algo. Me preguntaron aquello de cómo empezaste, empecé a hablar y de repente dije «para, para…». Percibí que durante muchísimos años estuve contando una cosa equivocada.

¿Qué le vino a la memoria?

Recordé que a los cuatro o cinco años yo ya leía muy bien y lo hacía en voz alta porque me encantaba el sonido. Un tío mío que se estaba quedando ciego por cataratas decidió que yo todas las mañanas fuese a leerle el ABC, las crónicas de toros o las terceritas de Pemán. Noté que después de mis «buenos días, tito», yo empezaba a leer y se paraba el ruido de las señoras fregando en la cocina. Se hacía un silencio que le daba valor a la palabra, a cómo lo decía. Si ese día gustaba Pemán, aplaudían y me iba al colegio con la propinilla de mi tío encantado de la vida.

Eso ya quería decir mucho.

Sentía que me gustaba hablar, transmitir emociones a través de la palabra. El primer impacto, la chispa o la llama sagrada que ni siquiera conoces ya estaba ahí, aunque no fuese encaminada a aquello de querer ser actor. Pero esta historia me sirve para pensar en lo curioso que es el mecanismo del cerebro, qué raro y qué poco sabemos de él. ¿Por qué se tiene que producir ese chispazo del recuerdo allí, en Sevilla, donde todo se produjo aunque lo hubiese olvidado durante treinta o cuarenta años? Qué maravilla. Me viene al pelo aquello de para qué mirar atrás. Lo bueno que hiciste te termina viniendo y, en ocasiones como esta, en su momento justo.

Estudiando en Sevilla esa chispa comienza a convertirse en ­magma…

En el colegio ya tratabas con cosas de mayor enjundia. Recitaba a Gabriel y Galán, la primera poesía que leí, incluso con entonación patriótica. Y luego fue precisamente un amigo que me tocaba la guitarra mientras yo declamaba el que me sugirió apuntarme a la escuela de arte dramático. Y yo dije sí, pero actor de teatro, porque en los años cincuenta para mí lo del cine estaba lejísimos. Y lo iba a hacer me lo pagasen o no me lo pagasen mis padres, pasara lo que pasara a mí aquello ya me gustaba mucho.

Rumbo a Madrid

Al Madrid de los sesenta marchó años más tarde a probar suerte en el teatro.

Lo miro con nostalgia, porque éramos un grupo del que algunos se han ido quedando en el camino, y eso es terrible. Por eso hablo tanto de la suerte… Hay compañeros que conmigo trabajaban y lo hacían mejor que yo, nombres que han desaparecido y ni siquiera la gente recuerda ya. En Sevilla te decían que había que ir en tal fecha a la capital porque era cuando las compañías hacían no se qué cosa, que tenías que visitar el Café Gijón… La primera noche que llegas al Gijón es siempre mítica porque entiendes que hay un maremágnum en el que te vas a meter, no sabes cómo ni a quién te vas a encontrar, ni lo que van a hacer por ti. Pero pides un café y tienes lo justo, y con él te vas, no a sentarte porque era más caro, pero sí al sitio donde se ponían los abrigos porque era un espacio muy ancho, y allí conoces a un ayudante de dirección o a uno de producción de televisión, charlas con Mario Abad, hijo de una gran actriz, que te ofrece ir a televisión de extra. Los últimos de Filipinas, rodado en el Paseo de La Habana, trabajo por el que me pagaron 25 pesetas. Y de ahí a ­Sevilla Films, pero sí: la suerte siempre ha sido un factor ­fundamental.

Y eso que el cine nunca fue una meta…

Nunca, porque para mí era como ir a ‘jolibú’. El cine no sabía cómo se fabricaba, pero el teatro sí, ahí se ponía un estaribel y la compañía venía a reír y a llorar. Al final, el intérprete se adecúa al medio, eso es lo esencial, la destreza de uno. Poco a poco, seguí: papeles pequeños en teatro, una serie con María Fernanda Ladrón de Guevara, un programa semanal en directo durante 52 semanas por el que ya me pagaban 700 por semana. Aquello era la hostia, me sentía el rey de España y me convertí en un gilipollas maravilloso. Y la primera película llegó en el 63 con Eloy de la Iglesia, y otras tantas después, hasta que me viene el gran papel.

El señorito Iván, de Los santos ­inocentes.

Ahí la suerte vuelve a entrar en escena. Mario Camus me llama, estoy enfermo con fiebre y voy chupado, con barba y un jersey amarillo a la cita. Les pido que me disculpen, había leído la novela y me parecía una cantata maravillosa, pero no me veía yo y menos en ese estado. Me imaginaba en el papel a Larrañaga o a Bertín Osborne, pero Mario se decidió, hice el papel y después de todo el éxito impresionante que tuvo la película, un día más tranquilo tomando una copa, le pregunté por qué me había llamado.

¿Qué le contestó?

«Viejo, un día estaba en mi casa viendo un programa en el que tú trabajabas con Fernán-Gómez dirigido por Armiñán, Que gran dolor ser pobre después de ser señor. Él te pedía trabajo y tú te dabas cuenta que era un profesor que te lo había hecho pasar muy mal. De forma muy suave te ibas fundiendo al pobre Fernán-Gó­mez…». Y yo me pregunto: ¿cuántas cosas tienen que ocurrir en la vida? Primero, para que me den aquel papel pequeño; segundo, que nos saliera muy bien y tuviese enfrente a alguien que me dio más de la mitad, a Fernando Fernán-Gómez; y tercero, que estuviese ese día viendo Mario Camus la televisión. Pasan veinte años y Camus decide que el señorito lo hago yo.

Volvemos a la suerte…

Podemos decir que hay gente con mala suerte, pero yo prefiero decir que tengo suerte y otros no la tienen. Y eso también en la vida y lo cotidiano, la suerte de nacer o no en ese África destrozada, o nacer en este mal llamado miserable primer mundo.

La misma pasión, la misma rabia

Para usted, los galanes no tenían chicha. ¿Fue complicado mantener esa postura de solo aceptar papeles con cierta enjundia?

En el cine siempre he procurado hacer películas con un contenido de mayor preocupación social, política y sociológica, que de alguna manera reflejasen con cierta crítica el país en el que vivo. Y sí, mantener la postura es difícil porque se enfadan contigo cuando dices no: te creas enemigos irreconciliables. Ahí puedo resaltar la humanidad, el conocimiento y la valía de Saura, que después de darle la negativa en El Dorado para trabajar con Ferreri me volvió a llamar. Le tengo que estar eternamente ­agradecido porque esto te demuestra que los grandes son ­grandes en todo.

Cuántos buenos directores ha dado España, ¿no?

Sí, pero es inevitable preguntarse cómo es posible que un ­realizador de la talla de Mario Camus no haga una película desde hace años, que hayan hecho desaparecer a un genio como él con la aportación inmensa que este hombre ha hecho a nuestra cultura. O Carlos Saura, que mantiene unas exigencias complicadas de respetar con la mercantilización de los productos que hoy día existe. O el mismo García Sánchez o Manolo Gutiérrez Aragón, y tantos que no cabrían en estas líneas, ¿cómo es posible que en este oficio de sabiduría y conocimiento en el que no se necesita la fuerza bruta se excluya a estas personas?, ¿cómo es posible que de repente la industria diga no y prescinda de esas guías esenciales para hablar de nosotros?

Eso desemboca en un cine…

Un cine que no nos representa en su totalidad como pueblo, ni de clases ni, sobre todo, a nivel de edades. ¿Un país solo lo habitan los jóvenes? ¿Van a hablar de no­sotros los de 18 y 20 años? Pues no, este país lo habitan los recién nacidos, los maduros, los adolescentes, los senectos… Y ­todo esto vuelve a venir de la mercantilización que se hace a partir de ese infecto sistema, el peor que puede haber en el mundo, el capitalismo bestial que con la globalización es capaz de pegarte un buen sacudido.

La forma de mirar cambia con la edad. ¿Usted entra ahora en los papeles de forma distinta?

No sé si con la misma profundidad, pero sí con el mismo ahínco, la misma tensión y la misma inseguridad. Para mí no ha cambiado la forma de acercarme a un personaje, sí quizá el análisis. Los métodos no han cambiado, y la pasión, la ilusión, la rabia y el seguir peleándote con el texto están siempre ahí. No puedes dar nunca nada por sabido. Si cada persona es un mundo, imagina un mundo de ocho o diez personas que no conoces y están sujetos a una historia obligada. Eso es esencial para seguir tratando de hacer de vez en cuando un personaje que salga bien.

¿Siente la interpretación como una mentira o como sacar la verdad de uno mismo?

Hay una verdad clara. Hay que construir un vector adecuado para comunicarla, pero esa verdad ha de ser construida, está dentro de ti. Porque la razón la tienes que tener tú en cada secuencia. Y cuesta echar a los personajes de uno mismo, incluso a los que te hicieron más feliz o más daño, cuesta soltarlos.

Jugarse el pellejo

Siempre se habla de Juan Diego como la persona que consiguió el día de descanso para los actores.

Sí, pero eso está muy mal porque lo consiguió toda la profesión. Me gustaría, ya que tengo la oportunidad, reiterar que son muchos y muchas los que han participado en la lucha por el reconocimiento de la dignidad de este oficio. Hay muchos otros que también se jugaron el pellejo y haber arrancado no significa nada porque sin los compañeros no habríamos llegado a ninguna parte.

¿Cómo ve hoy a la profesión?

La profesión honestamente en el terreno de la contratación y las relaciones laborales va un poco al pairo respecto al desarrollo del país. Si antes de esta crisis, de la que habría mucho que hablar en términos de alta política, haciendo dos o tres sesiones al mes podías pagarte la habitabilidad, comer… ahora no, porque se paga la mitad y, en muchos sitios, ni la media del convenio. Eso se traduce en que la gente que está abajo no puede vivir, pueden aguantar. Si a esto le sumas que cuando se trabaja se hace en jornadas de doce o catorce horas y a una velocidad espantosa, todo se vuelve muy angustioso.

Percibe entonces el cambio…

Es que antes cuando estabas en el set delante de la cámara te olvidabas de todo porque había un tiempo y un tempo para sufrir, para hacer reír y comunicar cosas. Ahora no, ahora es todo un empuje, un vamos, vamos y vamos. Es casi un milagro seguir haciendo bien este trabajo. Es casi una heroicidad que en el cine español se hagan las diez o doce películas que se hacen bien al año, un esfuerzo más allá y un detrimento que solo se piense en hacer caja. El low cost es muy malo porque se están acostumbrando a hacer posibles filmes a muy bajo coste, y siempre a golpe de pulmón. Si el Ministerio de Cultura no facilita a los productores los mínimos medios, cada vez será más ­agonizante.

¿No es desolador que en España haya que hacer casi a diario un alegato del poder del arte?

Eso no se termina de entender en este país porque no hemos tenido un periodo con una burguesía ilustrada. Aquí, después de la guerra civil, continuó un fascismo que se apoderó durante cuarenta años de las libertades; millones de personas emigraron y huyeron; los filósofos, médicos y gentes de la intelectualidad tuvieron que salir a mantas de esta España, dejándola despoblada durante cuarenta o sesenta años. Y cuando estábamos tratando de ponernos a la altura intelectual de lo que se perdió en la República nos encontramos con el otro enemigo… Están a punto de acabar con la dignidad del ser, al poder no le interesa la cultura porque es peligrosa, y el conocimiento también.

¿Por qué sienta tan mal en España que los actores manifiesten sus opiniones políticas?

En España no sienta mal eso, pero hay un grupo perfectamente organizado que dice aquello de ‘este es un rojo de mierda’. Aquí hay afortunadamente un montón de gente que dice ‘menos mal que esta gente habla de nuestros problemas, hablan de los desahucios y de los sueldos, de la educación’. Si no es así, ¿de qué quieren que hablemos?, ¿de Marte, de la Luna? Claro que hablamos de las necesidades que tiene la gente, que son tu gente, porque yo no soy rico. Y ellos dicen que tienen que cortarnos los huevos y la voz, y ni los huevos ni la voz, porque como decía Blas de Otero nos quedará siempre la palabra. El pensamiento no lo van a pillar nunca, nos ­podrán cortar la lengua pero el pensar jamás. Y eso es lo que no quieren, que se piense, se reflexione y se hable.

¿Entiende que estemos donde estamos?

Lo ves venir, aunque tan aceleradamente no. Pensaba que iba a costar mucho más domar a ­nivel mundial los deseos de la gente y sus necesidades. Nos engañaron cuando nos convencieron para ser pequeños propietarios, nos han cortado las alas con una cosa que pesa que es el día a día, y cada día lo ponen más caro y más difícil. Empezaron a arrancar olivos con Maastricht y a matar ­vacas, ahora eso se ha acabado y hay unos señores que dicen: sanidad a recortar, educación a recortar. Están haciendo un desierto donde lo que funcione para poder vivir sea lo privado y no lo público. Están pagando 400 euros a los viejos después de trabajar toda la vida, ¿cómo no vas a quejarte y tener voz? ­Estoy hablando de tu familia, de mi familia… La cultura la tratan como si fuera una cosa de ricos, ¿qué es esto del 21%?

¿Cómo le gustaría ser recordado?

¿Para qué voy a querer que me recuerden de una manera si yo no lo voy a sentir ni a ver? ¿Para qué me tienen que recordar de un modo que a mí me guste? La gente me recordará dos o tres días, y cuando vean una película mía en la televisión a lo mejor dirán: «ah, pobre, con lo majo que era…». Quizá a lo mejor en el último momento, antes de morir, me gustaría hacer una gran boutade, y poder decir una broma o soltar una blasfemia.

¿Se le ocurre el qué?

Nunca se sabe el cómo. Quizá, de pronto, me toque tener una muerte normalita. A veces pregunto a un colega, cuando se muere otro compañero, si él estaba allí, qué dijo…Y te das cuenta que nadie ha dicho aquello que le gustaría –»Os digo me recordéis por esto y si no me cago en la leche puta»–. Hay que darle normalidad porque lo que se acerca es un tránsito hacia la nada, y eso debe ser muy tranquilo, ver como inevitablemente se aleja tu sombra, aquella que te acompañó desde el nacimiento.

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