Javier Macipe se despide de Iván Aledo

8 junio, 2020

El director de La estrella azul, último proyecto de Aledo, comparte unas líneas sobre el desaparecido montador

Iván Aledo, uno de los mejores y más veteranos montadores del cine español, nos ha dejado. Iba a montar La estrella azul, mi primera película, producida por MOD, que ha resultado ser su última. El último mensaje que me envió decía: “Mejoraré, y me pondré ya con el material”. Cada proyecto le ilusionaba como si fuera el primero. Era apasionado, inteligentísimo y tenía un sentido del humor único.

Cuando le conocí, yo tenía 20 años y estudiaba cine. Estaba atascado con la edición de un corto y con todo mi atrevimiento escribí al que me parecía el mejor montador de España, para pedirle consejo, dando por hecho que no me respondería. Intenté añadir algún tipo de aval, diciéndole que había salido en algún artículo de la prensa local de mi comunidad y que el corto lo protagonizaba Ana Fernández. Él me respondió al momento: “no he mirado nada en internet, me basta con lo que me cuentas, estaré encantado de echarte una mano, o por lo menos ver el corto como lo tengas”.

Fui a su estudio, me trató como a un colega desde el primer momento, sin hacerme notar la diferencia de edad y de currículum. Para él las obras hablaban por sí mismas. Vio mi corto y me dijo que le encantaba y que quería ayudarme. Como yo editaba en un programa que él no manejaba, se animó a venir mi estudio, que no era más que una habitación sin ventana en un piso de estudiantes compartido. Era un quinto sin ascensor, le recuerdo parado a mitad del trayecto para tomar aire; con su característico humor me pidió que la próxima vez le tuviera preparada una bombona de oxígeno en el tercero.

Pasamos varias tardes trabajando, yo a las teclas y él al lado diciéndome dónde hacer los cortes. No podía creer que el mejor montador del país estuviera dedicando su tiempo a ayudarme altruistamente. No olvidaré su ilusión y su alegría cuando acertábamos un corte, era cómo si estuviera descubriendo el lenguaje del cine a cada momento y siguiera maravillándose.  Era un gran conversador, y la mitad del tiempo se dedicó a compartir anécdotas y reflexiones, que para mí fueron oro. Nunca podré devolverle el favor, ni la tremenda lección de humanidad que aprendí con su gesto.

La última vez que le vi fue en una reunión para preparar el montaje de La estrella azul. Se despidió diciéndome con cierta inseguridad: “espero estar a la altura”. Me conmovió tremendamente porque no era falsa modestia. Era un artista con mayúsculas, y el artista, por mucho que conozca su oficio, siempre se mueve en el terreno de lo desconocido.

Nada más recibir la triste noticia llamé a Daniel Monzón. Se querían mucho, apenas fuimos capaces de articular palabra. Unos días antes nos había mandado a los dos un texto de Albert Camus que decía: “En medio del odio me pareció que había dentro de mí un amor invencible. En medio de las lágrimas me pareció que había dentro de mí una sonrisa invencible. En medio del caos me pareció que había dentro de mí una calma invencible. Me di cuenta, a pesar de todo, de que en medio del invierno había un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque no importa lo duro que el mundo empuje en mi contra, dentro de mí hay algo mejor empujando de vuelta”. Pareciera que nos dejó un consejo para afrontar su partida. Hasta siempre, compañero.

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