Un recuerdo de Juan Antonio Porto

Por Antonio Muñoz Molina · 22 febrero, 2021

El escritor Antonio Muñoz Molina dedica unas palabras al guionista Juan Antonio Porto, recientemente fallecido

En realidad no fue hace tanto tiempo: pero fue justo unos días antes de que lo inimaginable se convirtiera en lo normal, y por eso parece que han pasado años desde aquella sesión en la Academia de Cine en la que estuve por última vez con Juan Antonio Porto, a mediados de febrero de 2020.

Porto era uno de esos ancianos batalladores y fornidos que se instalan en una vejez indestructible. Yo no lo había visto desde hacía no sé cuántos años, pero allí estaba, genio y figura, hablador, furioso, cordial, enfadado con el mundo, con su imaginación despierta, con su amor intacto por el cine y por el oficio, el suyo, el de guionista, que le había enseñado a ser tenaz y paciente, y también escéptico, porque el cine, y más el español, es dedicar mucho tiempo a proyectos que pueden no salir, o salir de una manera accidental y precaria que no se parece mucho al sueño inicial. Estábamos esa noche remota –mucho más de lo que indica la fecha en el calendario– sentados en un escenario, delante de una pantalla en la que acababa de proyectarse una película que yo no había vuelto a ver desde su estreno, creo que en 1992, una película, Beltenebros, en la que Juan Antonio Porto y yo estábamos muy involucrados, aunque para los dos todo aquello quedaba más menos igualmente lejos.

Yo había escrito la novela nada menos que en 1988. Porto había trabajado junto a Mario Camus en el guión de la película dos años después. Era la tercera novela que yo había publicado en tres años. Porto tenía una carrera ya más antigua y más sólida en el cine. Cuando Andrés Vicente Gómez y Pilar Miró me propusieron hacer una película lo primero que yo hice fue mostrar alegría y respeto; alegría porque la novela hubiera despertado en ellos en propósito de llevarla al cine; respeto porque yo sé que las películas son de sus directores, sus guionistas y sus productores, igual que las novelas son de quien las ha escrito. Y también sé, lo sabía entonces, aunque era mucho más joven, que si un novelista no quiere que le modifiquen su historia lo mejor que puede hacer es no vender los derechos.

Escritor y guionista de la cultura de la resistencia

A mí Beltenebros me había gustado mucho cuando la vi en el estreno, aunque ya entonces me pareció que los protagonistas ingleses, Terence Stamp y Patsy Kensitt, estaban un poco de campo en una historia española que a ellos no les tocaba. Justo esa historia, sobre los heroísmos y las tinieblas de la lucha antifranquista, le quedaba muy de cerca a Juan Antonio Porto, que se había comprometido en ella, y que aparte de su activismo político en la clandestinidad había formado parte, como escritor y guionista, de la cultura de la resistencia, y había seguido siendo siempre un militante en la recuperación de su memoria, una voz discordante en la gran amnesia española que arreciaba tanto en los años mismos en los que yo escribía la novela, los triunfales ochenta, los almodovarianos ochenta, los de la apoteosis cosmética de la modernidad y el diseño. Mi novela, en parte, era también una reivindicación de lo que entonces se estaba olvidando tan rápido, la tenacidad heroica de los que habían luchado y habían sufrido en sí mismos el peso del miedo y del desaliento, la inhumana duración de la tiranía, que fue sin duda una de sus crueldades capitales.

Pero el tiempo pasa y uno nunca sabe cómo va a enfrentarse a una historia que escribió hace tanto tiempo, a una película que no ha visto en los últimos treinta años. Sentado en la sala de la Academia, en la butaca contigua a la de Juan Antonio Porto, yo miraba de soslayo su perfil inclinado de viejo león y estaba un poco nervioso cuando se apagaron las luces. Qué felicidad casi olvidada, ver una película en una pantalla de cine verdadero, en la mezcla misteriosa de soledad y atmósfera comunitaria de una sala llena de gente tan atenta y silenciosa como uno mismo.

Empezó la película y de inmediato fui arrebatado por ella. Podía admirarla con más libertad porque la veía como una obra ajena: veía el arte de narradores de Camus y Porto y la extraordinaria fuerza visual de Pilar Miró. En la película está la poética del cine negro, usada sin pastiche, el thriller y la épica antifascista. Yo miraba a Porto, su cara iluminada a ratos y a ratos en sombra, y tenía la impresión de que él estaba íntimamente contento, con la suprema y secreta alegría de reconocer el propio trabajo, no solitario, sino sumado a los otros, en esa gran tarea colectiva que es el cine.

Yo creo que la alegría de que la película hubiera resistido tan bien el paso de los años nos hizo a todos más habladores en el diálogo, a nosotros y al público. Porto desplegó, con su bastón de viejo tenaz entre las manos, todos sus talentos de disidente y de polemista, de enfadado con las tonterías y las injusticias del mundo. Yo me sentía agradecido y misteriosamente reconciliado con una parte lejana de mi vida, la que estaba en la escritura de la novela, la que se filtró también a la película. Quedamos en llamarnos, en vernos. Parece que siempre hay un tiempo ilimitado por delante. Porto me llamó unos días después, pero el encuentro ya no fue posible. Nosotros no lo sabíamos, pero aquella tarde de cine en la Academia había sido una de las últimas del otro tiempo normal que quedó cancelado el 14 de marzo.

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