Pedro Almodóvar: “Me hubiera gustado meterme en más charcos”

Por Enrique F. Aparicio · Fotografías de Nico Bustos · 2 septiembre, 2021

La última cinta del aclamado director llega a las salas el 8 de octubre, tras inaugurar el Festival de Venecia

Dos mujeres esperan juntas a dar a luz en el hospital mientras 140.000 personas –según los últimos cálculos– esperan un sepulcro digno hacinadas en fosas comunes junto a carreteras y cementerios. Pedro Almodóvar une en sus Madres paralelas la memoria histórica con la historia íntima de Janis (su actriz talismán Penélope Cruz) y Ana (Milena Smit, en su segunda película). Ambas comparten el hecho de afrontar la maternidad en solitario y acabarán mezclándose de maneras sorprendentes, incluida la búsqueda de justicia para los antepasados de la primera.

La película número 22 de Pedro Almodóvar iba a ser su debut en inglés, con la adaptación de Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin, pero el confinamiento trastocó el plan y el manchego decidió devolver su mirada a la tierra que habita; también a lo que contiene. ¿Es esta la película sobre la Guerra Civil de Almodóvar? “No quería hacer una película que tratara exclusivamente sobre ese tema”, declara, pero entiende que Madres paralelas viene a “saldar la deuda” que tiene –como tenemos todos– con las víctimas de la dictadura.

Madres paralelas une dos tramas, una sobre maternidad y otra sobre memoria histórica, que dialogan en torno al trauma íntimo y al colectivo.

Ese es el núcleo de la película, el dilema moral de la protagonista, que encara la búsqueda de la verdad histórica mientras oculta una verdad íntima. Yo soy muy sensible al tema de las fosas, pero no quería hacer una película que tratara exclusivamente sobre ese tema; como director, quería formalmente abordarlas de manera tangencial, que sirvan de obertura y epílogo para un personaje que vive otras peripecias. Pero, eso sí, cuando llega la exhumación ya no hay más trama que esa, así de potente y sombrío es ese momento.

El personaje vive la contradicción de explicar la verdad histórica mientras dentro de ella guarda una mentira. Además, me atraía algo, que moralmente no califico –en mi cine no califico nada– pero que podríamos denominar una maternidad más imperfecta, con más esquinas, que otras maternidades que he tratado, más abnegadas. En este caso, me he fijado en madres más imperfectas de las que he hecho hasta ahora.

Ha declarado alguna vez que rodaba como si Franco nunca hubiera existido. Se salta la norma en esta película.

Totalmente. Lo dije mucho, sobre todo cuando estrené Pepi… y Laberinto de pasiones. Era algo deliberado por mi parte: eran películas que no reconocían ni la sombra de Franco, eran mi modo de vengarme de su existencia. Eso no significaba que yo no tuviera memoria o respeto a la memoria histórica, que tan necesaria es para seguir adelante. El problema de las fosas es importantísimo y urgente, porque ya son los bisnietos los que están pidiendo que se abran, y quizás es la última generación a la que le preocupará encontrar los restos de sus familiares.

Tratar este tema ahora supongo que es una cuestión de edad. Las fosas fueron la forma de borrar a las víctimas, de deshumanizarlas. 40 años después, con la Transición y la ley de amnistía, era el momento para sacar el tema, después de tantos años y de tanto miedo. En ese momento ocurrió lo que se llamó el pacto de silencio y las víctimas volvieron a ser quienes están en el subsuelo. Es muy injusto.

Tampoco quiero echar por tierra la Transición; imagino que la izquierda actuó del modo más pragmático. Porque lo que sí es real, y lo sé porque lo viví en mis carnes, es que aquello fue necesario para pasar a una democracia. Y la democracia sirvió desde el principio, de otro modo yo no podría haber salido a la calle y mucho menos hacer cine. Mi contradicción es que yo, en ese momento, no pensaba en las fosas ni en la memoria histórica. Yo estaba pensando en divertirme de todos los modos imaginables, porque era una persona joven que se encontraba con una explosión de libertad. Ya tenía conciencia social en ese momento, aunque siempre se diga que, en lo que posteriormente se ha llamado la Movida –y que tan solo fuimos un grupo de gente que coincidíamos por la noche– éramos apolíticos.

Yo estaba en Telefónica y ya nos habíamos enfrentado a los jefes, habíamos hecho la primera huelga de su historia en el año 76… Yo tenía conciencia del franquismo. Pero el resto de la gente de la Movida tenían 14, 15 y 16 años. No tenían fantasmas. Así que fue una apuesta absoluta por el placer, el hedonismo y la libertad en todos los aspectos. Y allí estaba yo, aprovechando todo eso.

La Transición y la Ley de Amnistía son temas delicados. La izquierda estaba mirando de reojo a su alrededor porque UCD estaba lleno de franquistas. Y no les faltaba razón en vigilar, porque tres años después de las elecciones hay un golpe de estado. Por eso mi reproche, aunque yo no tengo ningún familiar en las fosas, es que el PSOE tuvo tres legislaturas con grandes mayorías en los 80 y 90 y ese era el momento, a ellos les correspondía haber abierto las fosas. Y no se hizo. Ahora, con la Ley de Memoria Democrática, donde por fin es la administración la que se hace cargo de abrir esas fosas, se vuelve a hablar de ellas.

Yo he participado de todo, y he participado en ese momento que veo ahora de manera más crítica (aunque entonces no pensaba en ello).

¿Hay cierto ánimo pedagógico en la cinta respecto a este tema?

Yo nunca he pensado en mi cine como un instrumento pedagógico, pero si algo tiene el cine es que visibiliza aquello de lo que habla. Hacía tiempo que quería hacer una película sobre este asunto, pero no quería abordarlo hasta tener una película-película. Porque a veces el cine político es, cinematográficamente, muy pobre. Yo quería una historia con sus protagonistas donde esto apareciera sin que fuera el centro.

Pero hay una apuesta. Todos los profesionales que aparecen en la excavación son reales. Todos estaban muy agradecidos y hablaban de eso, de visibilidad. Ahora se hablará del tema en los medios a raíz de la ley, pero creo que nuestra sociedad sigue teniendo una deuda moral con las víctimas y sus familiares. Una deuda que, lejos de reabrir heridas, las cierra todas. Porque los familiares no piden ajustes de cuentas, ni que les compensen, ni nada. Piden un lugar para enterrar los restos de sus familiares, para llevarles flores, para rezarles.

Una película siempre tiene ese poder. Los directores tenemos una plataforma para imponer nuestra visión del mundo, lo cual es un poder descomunal, el de tener un equipo que está montando para ti un sueño que has imaginado.

¿Es esta su película sobre la Guerra Civil? ¿Viene a sustituir al proyecto sobre Marcos Ana [Almodóvar compró los derechos de las memorias del poeta]?

Sí, yo creo que viene a cumplir esa deuda con la izquierda, por decirlo así. No me he olvidado de Marcos Ana, porque es la mejor persona que he conocido en mi vida. Es increíble que fuera un hombre con semejante bondad después de todas las torturas con que le castigaron, en las que llegaron a darle por muerto tres veces. Incluso, en el libro, no nombra a sus torturadores –aunque se acuerda perfectamente de ellos–, para que la vergüenza no caiga sobre sus descendientes.

Llegué a tener una sinopsis, pero por alguna razón no me veo haciendo una película de cárceles. Quizás por una cuestión de claustrofobia. Lo que llegué a escribir trataba más sobre cómo sale de la cárcel después de tantos años: sus limitaciones, cómo con cuarenta y pico años seguía siendo un adolescente, porque lo habían apresado con 16 o 17 años.

Tentación de austeridad

La España de Madres paralelas es un país de mujeres solas que tiran adelante, en todas las generaciones.

Es una película de mujeres, con un papel masculino secundario, algo antes reservado para ellas. Me ha salido así, no puedo decir otra cosa. Siempre formo las tesis a posteriori de las películas, así parece que lo he hecho a propósito [risas]. Le he ido dando a los personajes lo que me pedía el argumento. Y sí que ha salido un retrato intergeneracional en el que se pone de manifiesto el poder de la maternidad. Porque por mucho que conciliemos, que avancemos… creo que los hombres no entenderemos jamás la magnitud de la maternidad. No estamos preparados para hacerlo. Debemos hacer del feminismo algo real, tenemos que hacer que la vida de las mujeres sea equiparable en todo, pero hay algo milagroso en nuestra naturaleza y la depositaria es la mujer.

Quizás por eso me han salido estas madres que, con sus defectos, tienen que tirar solas de la familia. Y, a la vez, dejo caer de modo sutil un nuevo tipo de familia. La familia hace mucho que cambió. En La ley del deseo ya propongo una que forman dos hermanos que cuidan de una niña y eso es también una familia, piensen lo que piensen en Roma.

Conozco a algunas de esas madres vocacionales que no encajan en el modelo tradicional. Y creo que si la familia sobrevive es gracias a esas personas, que con sus parejas del mismo género o ellas solas se lanzan a la maternidad con gran vocación. Son familias con un deseo más profundo que la heteropatriarcal y normativa, porque además enfrentan dificultades y han de superarlas.

Es una de sus películas más narrativas, con mayor presencia de diálogos, y quizás en lo estético es la más austera.

Los elementos esenciales, como las relaciones entre madres e hijas, partos, bebés… pertenecen al género del melodrama, pero no quería dramatizarlo. De hecho, mi trabajo con Penélope Cruz ha sido secarle las lágrimas, porque por su modo de vivir la maternidad, desde que empezaba a ensayar, empezaba a llorar. Su modo de actuar es muy visceral, y aquí lo que tiene que sentir es una gran contradicción, que provoca una culpa y una vergüenza que te seca. Ensayamos toda la película hasta estar seguros de que la actuación iba a ir por ahí.

A mí me gustan los grandes melodramas, pero no para esta historia. Quería una cinta contenida, en sus interpretaciones y narrativamente. Estoy contento con la fluidez de la narración. En las últimas tres películas, mi tentación ha sido la austeridad y la contención, veo ese cambio desde Julieta. Quizás es porque me he hecho mayor o quizás es que ya he hecho muchas películas barrocas. Hacer una película austera me resulta atractivo.

En Madres paralelas, los personajes viven su sexoafectividad de una manera libre, lejos de etiquetas, algo que dialoga con sus primeras películas, a pesar de los 40 años que han transcurrido.

Para mí la sexualidad siempre ha sido un modo de expresión y un gran regalo. En mis películas ha habido muchos bisexuales, que se habla poco de ellos, o personas que simplemente tienen experiencias con ambos géneros. Es lo que pasaba en esos años de la Movida, donde la gente se acostaba con ambos géneros sin etiquetarse, y después se centraban o no en uno de ellos. Me gusta que las protagonistas vivan así su sexualidad, que haya naturalidad y deseo espontáneo.

Ahora tenemos muchas etiquetas e incluso falta de ellas, lo cual me gusta mucho. Por ejemplo, con el género no binario. Me parece bien que cada uno se defina respecto a lo que percibe de sí mismo, porque el género está en la mente. Es tan amplio como eso, por mucho que no les guste a algunas feministas. En su día, esto se llamaba Non Identified Gender y yo lo conocí en las universidades de Estados Unidos, era una batalla de gente muy joven. Es un síntoma de libertad.

Una amiga me decía el otro día que a ella le confundían tantas definiciones. Y lo entiendo, sobre todo después de la lucha de tantas personas trans que han sufrido tanto para llegar ahí. Me parece fatal que algunas feministas marginen a las mujeres trans. Yo soy amigo de algunas de las históricas, y han luchado mucho, han pagado un precio muy alto por ser mujeres (u hombres). Esto está en plena discusión, hay muchas susceptibilidades heridas, sobre todo por parte de estas feministas, pero yo defiendo lo que decía la Agrado en Todo sobre mi madre: una es más auténtica cuanto más se acerca a lo que ha soñado de sí misma.

La actriz que interpreta Aitana Sánchez-Gijón en la película dice: “yo soy apolítica, mi trabajo es gustarle a todo el mundo”. Usted es un ejemplo de lo contrario, ¿cree que alguna vez le ha pasado factura?

Al contrario, me hubiera gustado implicarme más, meterme en más charcos. A veces los evitas por simple comodidad o para concentrarte en lo tuyo. Curiosamente, esa frase es real, se la oí a una actriz en televisión. Y supongo que surge sobre todo de los ataques que hizo el PP contra todos los que nos dedicamos a este oficio, a los que nos llaman titiriteros, sobre todo después de los Goya del ‘No a la guerra’. Nos convirtieron en su bestia negra, y nos lo hicieron notar mucho.

La cultura nunca ha tenido particular protección, ni siquiera con la izquierda, pero la derecha ha hecho verdaderas campañas difamatorias, por ejemplo, contra la familia Bardem. Yo estuve en esa gala y me sentí muy orgulloso de ella. Pero ser actor o actriz se convirtió en algo incómodo. Y provocó que muchos se cortaran, que pensaran que como colectivo nos habíamos implicado demasiado. Y desde luego se notó en subvenciones, en trato personal… De ahí que muchos se vean en la obligación de intentar gustar a todo el mundo.

Ahora también hay muchas susceptibilidades en juego en torno al cine. ¿Cómo le afecta eso en su creación?

Por salud mental o inconsciencia, no tengo miedo ni preocupación a la hora de crear. Pero esto por ejemplo de la sensibilidad católica que ahora aducen, por lo que quisieron condenar a Rita Maestre, eso no existía cuando yo hice Entre tinieblas. Nunca ha habido tanta sensibilidad católica como ahora mismo. Vivimos en un mundo en el que todo son susceptibilidades, y me olvido de todas a la hora de escribir. Porque estoy seguro de que con cada cosa que escribo estoy ofendiendo a alguien, pero no por voluntad mía, sino porque seguro que hay alguien que no está de acuerdo. Y uno tiene que olvidarse de eso, porque si no viene la autocensura, que es la peor de las censuras.

Ahora mismo, la dictadura de lo políticamente correcto es amplísima, y un gran peligro para la creación. Eso unido a las redes sociales, que le dan voz a una gran masa anónima y sin rostro que organiza el odio. Es una situación muy delicada, y mucho peor que la que había cuando hice Pepi… Me preguntan mucho si esas películas se estrenarían hoy, y no lo sé. Lo que sí sé es que yo las haría. Creo que es importante que la gente joven se atreva, que vayan los más lejos que puedan, que sean lo más personales que puedan, que digan las cosas de modos que no han sido dichos antes. El futuro depende de ellos.

 

*Esta entrevista se realizó a tres bandas junto a Beatriz Martínez (El Periódico de Catalunya) y Javier Zurro (El Español).

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