Jonás Trueba: “Mis películas me revelan cosas de mí mismo que no entendía”

Por Enrique F. Aparicio · Fotografías de Guillermo Rodríguez · 23 septiembre, 2021

Un viaje de fin de curso por Andalucía. Un paseo deliciosamente incómodo por la Gran Vía de Madrid. Un encuentro inesperado en el pueblo de origen. Un beso al otro lado de la frontera. La adolescencia, ese país virgen de las primeras veces, fluye por Quién lo impide, la cinta que puede dar a Jonás Trueba su primera Concha de Oro, con la naturalidad y el arrullo de los manantiales más cristalinos. Un dispositivo hecho para capturar la naturaliza fragmentaria y polifónica de esos años transcendentales –a penas sin equipo técnico, a través de entrevistas, charlas, dramatizaciones– ha acompañado a un grupo cambiante de jóvenes madrileños durante cinco años. Aunque algunas muestras del work in progress se han ido mostrando, la cinta levanta la catedral románica de la adolescencia del cine español: inmensa en tamaño (tres horas y cuarenta minutos) y sencilla en formas. Se estrenará en salas el 22 de octubre.

La película parte de un trabajo previo con adolescentes, ¿cuál ha sido exactamente el proceso?

Esta es la película que siempre quisimos hacer, pero al ser tan larga y tener un proceso complejo, decidimos en su momento ir mostrando lo que íbamos haciendo sobre la marcha. Hemos ido compartiendo el work in progress, porque nos dimos cuenta de que iba a ser un proceso muy largo, y me dio un poco de miedo ahogarme en ese túnel. Por eso decidí hacer emerger lo que íbamos construyendo e irlo mostrando. Me pareció que era bonito, y que respondía a una filosofía de trabajo más cercana a lo que estábamos haciendo.

Inventé cuatro montajes sobre la marcha, cuatro piezas que se mostraban con una cartela que indicaba que eran parte de un trabajo posterior llamado Quién lo impide. Se vieron en sitios muy puntuales, y sobre todo se iba mostrando a jóvenes, entre ellos los que aparecen en la película, para usar su feedback. Íbamos a institutos, les mostrábamos piezas, charlábamos con ellos y eso nos servía para seguir rodando y montando. En Cineteca sí hicimos eso a lo grande, en sala de cine. Pero esto no es un remontaje, esto es el montaje y lo anterior eran aproximaciones.

¿Cuánto tiempo ha durado este proceso?

Empezamos justo en octubre de hace cinco años. Estábamos estrenando La reconquista en cines, después de presentarla en San Sebastián. Al volver a Madrid, con esa melancolía de terminar un recorrido, les propuse seguir rodando a Candela [Recio] y Pablo [Hoyos], además de otros adolescentes que también salían en la película, en papeles más pequeñitos. Había generado mucha empatía con ellos, nos habíamos hecho amigo, y como no quería perderlos de vista les propuse seguir juntándonos y hacer algo distinto a La reconquista. Algo más pegado a mi propia experiencia de la adolescencia y más a la de ellos.

Eso aparece en la peli, esa primera reunión en 2016. A partir de ahí, la idea fue creciendo mucho. Lo más importante es que, aunque no sabíamos muy bien lo que íbamos a hacer, sí teníamos clara la filosofía: ir sin equipo técnico, prácticamente solos Violeta Tudela como producción, mi socio Javi Lafuente y yo con la cámara.

La adolescencia es un gran tema en el cine, y como ellos mismos dicen, con grandes clichés. ¿Cómo te acercaste a ella?

Siempre he pensado que el cine se ha inventado para retratar la juventud, el crecimiento… es algo que hace particularmente bien el cine, registrar el comportamiento humano en esos años decisivos. Hay películas maravillosas que han retratado la adolescencia de una manera asombrosa, pero también ha habido mucho cliché. Clichés que no solo están en el cine, sino en la sociedad.

Me parecía que faltaba en España un retrato más pegado a lo pequeño, a lo cotidiano, a la normalidad. Quizás lo más revolucionario que puede tener esta película es que retrata la adolescencia con normalidad, sin esas grandes confrontaciones entre adolescente y adultos, o esos adolescentes marginales, con una vida difícil… Mi propuesta era mostrar ese punto medio que normalmente se queda fuera porque parece menos interesante.

También quería que los chavales comprendieran que la cámara era una oportunidad para dar lo mejor de sí mismos. En un mundo con tantas cámaras, donde todo el mundo se graba, actuamos ante ellas de manera superficial, banal. Quería que entendieran que la cámara iba a estar más tiempo con ellos, desde una posición más objetiva, y que era la oportunidad para pensar, para mostrarte, para no tener presión ni tener que exhibirse. Para mostrar debilidades, inseguridades, cambios de idea, tiempos muertos…

Una generación acostumbrada a grabar y a grabarse, ¿cómo se enfrenta a una película profesional?

Puede ser. Le di muchas vueltas al planteamiento del trabajo, por ejemplo, a qué carama iba a llevar. Opté por una que podría llevar yo mismo, una cámara pequeñita con la que podía estar con ellos sin imponerles demasiado. Muchas veces mientras charlábamos yo era uno más: iba grabando, dejaba de grabar… Acababan por obviar la cámara.

También era importante la idea de pasar el tiempo suficiente con ellos, sobre todo porque me apetecía y además porque eso generó una confianza muy fuerte. No es que se olvidaran de la cámara, pero acababan relacionándose con ella como con uno más, porque la cámara era yo.

Has visto crecer a estos chavales a través de las cámaras, ¿crees que su presencia ha influido en cómo han crecido?

Creo que ellos mismo empiezan a hacer esa reflexión. Hace poco vi la película con algunos de ellos y, aunque han ido viendo las aproximaciones de montaje, ver la película final les ha sorprendido mucho. Se reconocen y no se reconocen, y eso es muy bonito. Lo hablaba con ellos, que yo mismo veo muy película y sé que ahora las ahora de forma distinta. Que estamos en constante transformación y las películas fijan un instante del que inmediatamente te sales y desde el que las miras con extrañeza.

Creo que este ejercicio ha sido importante y poderoso para ellos, de una manera poco evidente, y que lo han hecho de manera muy generosa, porque se exponen mucho. Por eso mi obsesión era trabajar con mucha honestidad y ofrecerles algo de lo que me pudiera sentir orgulloso. Por lo menos que estuvieran tranquilos con el material. Y eso lo hemos conseguido. Como me pasa con los actores, quería devolverles algo de sí mismo que quizá nunca sabrían si no fuera a través de la película. A mí también me pasa, las películas que he hecho me revelan cosas de mí mismo que no entendía.

La pandemia ha partido en dos la juventud de sus chicos, ¿cómo ha marcado también a estas imágenes?

Una gran parte del montaje final se ha hecho en pandemia, y no ha sido nada fácil, sobre todo con la cantidad de horas que teníamos. Por suerte, mi montadora de siempre, Marta Velasco, y yo tenemos mucha experiencia montando juntos y hemos podido apañarnos. Con la pandemia, tras los primeros meses de shock, me levanté un día pensando: tengo que terminar esta película y tengo que estrenarla lo antes posible. Porque, humildemente, creo que es lo que puedo aportar. Tengo que darle esto a los chicos, después de tantos años.

Porque son esa generación a los que les ha pasado esto: se les ha cortado la juventud, las relaciones, el amor. A la vez empezaba esa criminalización de los jóvenes, y Quién lo impide es una respuesta para mostrar de verdad cómo son. La pandemia de alguna manera ha propiciado un final que da sentido a lo que veníamos haciendo, sin ella quizás nos hubiéramos extendido más en el tiempo.

Aspira a la Concha de Oro, ¿qué le hace sentir?

Estar con esta película en San Sebastián es sorprendente, después de tanto tiempo y tantas vueltas. Yo tenía muchas dudas, pero la han valorado y han hecho una apuesta muy fuerte por una película que no es evidente ahí. Entendieron la naturaleza del proyecto como película en marcha, que se ha ido mostrando. Eso es muy emocionante.

No es una cinta fácil de distribuir, y el festival nos ayuda a posicionar la película. Han sido muchos años y me daba la sensación de que era un trabajo que me había servido a mí mucho, y a los chavales, pero temía que no encontrara un lugar. Y con la Sección Oficial de San Sebastián creo que sí lo hará, lo cual me parece casi un milagro.

 

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