Manu Gómez: “Toda infancia tiene una gran película”

Por María Gil · Fotografías de Manolo Pavón · 22 septiembre, 2021

Bucea en sus recuerdos en un pueblo vasco de los 80 en Érase una vez en Euskadi, que se presenta en el Festival de San Sebastián, dentro de las Galas RTVE

Hijo de granadinos que emigraron al País Vasco, el director Manu Gómez (Mondragón, 1973) regresa al pueblo guipuzcoano en el que creció, a través del cine. En su ópera prima inmortaliza aquello que conoce muy bien: el día a día de cuatro amigos con todo un verano por delante en aquel territorio marcado por el rock, el punk, las drogas, el sida, y el conflicto vasco. “Aquella época que nosotros vivimos, tan convulsa, pero a la vez tan feliz como es la infancia, merecía una historia”, asegura el realizador, al que “la distancia y añoranza hacia ese tramo tan especial e importante en nuestras vidas” le ha llevado a Érase una vez en Euskadi.

Los pequeños Asier Flores, Aitor Calderón, Miguel Rivera y Hugo García, -“una aparición mariana” en un cásting de más de 700 niños- interpretan a Marcos, José Antonio, Paquito y Toni, estos hijos de familias andaluzas dispuestos a jugar y a divertirse.

“Mis abuelos, víctimas de las situación económica, de una posguerra dura y del hambre, tuvieron que buscarse las castañas en provincias donde la industria no hacía más que crecer. Eso era Euskadi y Cataluña”, rememora  Gómez, que echa en falta más historias sobre la migración interna entre territorios de un país, y se fija en sus padres, en su cuadrilla y en los padres de sus amigos para hablar “de unos inmigrantes andaluces que intentan sobrevivir y que, al margen de lo que le sucede a la sociedad, tienen sus problemas propios. Algo tan duro como llegar a fin de mes”.

A aquellas familias foráneas que vivían en la Euskadi de los 80, inevitablemente, les afectó el conflicto vasco y el terrorismo. “Mi idea nunca fue posicionarme sociopolíticamente en la cinta. Pretendo hablar más de unos sueños rotos y de la amistad, que del conflicto, a pesar de que uno de los personajes esté salpicado de ello de una manera trágica. Me gustó concentrarme en estos pequeños tesoros que tenía la clase media-obrera: como es la aspiración de irse de vacaciones. Y cuando estás hablando de Euskadi en 1985 es imposible no hablar de alguna manera de aquellos ‘años del plomo’ y del impacto que supuso la heroína y el sida. En mi pueblo, esta enfermedad devastó a una gran parte de la juventud”, lamenta el director, que optó por abordar esta historia desde una perspectiva luminosa.

“A pesar de todas estas desgracias, porque la vida está llena de caras y de cruces, yo quería hacer una película que huyera un poco de ese mundo gris que se ha retratado en el País Vasco. Mi infancia está llena de colores, de vida, de diversión”, defiende el realizador, que así lo ha trasladado a la fotografía, la dirección artística y el vestuario.

En cuatro décadas ve que Euskadi “ha cambiado mucho” y señala la responsabilidad que hay en este ejercicio de memoria. “Hay mucha gente que está empeñada en enterrar la historia, pero la historia es lo que nos ha hecho llegar hasta aquí, con todo lo bueno y con todo lo malo. Y no olvidarlo es una misión que tenemos los cineastas y los que tenemos la oportunidad de contar historias y transmitirlas al público”, apunta el guipuzcoano.

Revolución ochentera

La cinta llega en un momento en el que la nostalgia ochentera inunda las producciones audiovisuales, pero esa década en nuestro país poco tiene que ver con las máquinas recreativas, los centros comerciales y la película de Cazafantasmas. “El guion lo escribí hace cinco años, antes de que se estrenara Stranger Things y surgiera  toda esta revolución ochentera que ahora está muy de moda. La cultura española y la cultura vasca, con todos sus ingredientes, obligan a hacer una película distinta”, reflexiona.

Y entre los elementos de la cultura vasca, sobresale el ciclismo, “un deporte que está casi a la par que el fútbol en afición. Aquí es como una religión”,  expone Gómez que se vale de este recurso para mostrar los paisajes que rodeaban a las casas y los barrios de su niñez.

Precisamente la bici fue el gran sueño truncado del realizador. “Mi camino hacia el cine viene de mi frustración en el ciclismo. Yo era el ciclista más malo que ha pisado una carretera, pero el que tenía más ganas”, recuerda el cineasta, que también se “moría de la risa” viendo las películas de Luis García Berlanga con su padre.

Tras años bregado como ayudante de dirección, debuta en el largometraje con el respaldo de la productora Beatriz Bodegas. “Es la Elías Querejeta del cine español actual. He trabajado codo con codo con ella y he tenido una gran complicidad en todo el proceso”, destaca el realizador, que considera “una gran suerte” presentar Érase una vez en Euskadi en Zinemaldia porque lo hace “en casa, a un espectador muy cercano a esta historia”.

El propio Gómez es en parte la respuesta de qué pasó con aquellos niños que crecieron en ese contexto, donde la muerte se vivía de cerca: “Algunos acabaron muy mal y otros acabaron bien. Cada uno tiene un futuro y un camino por recorrer y la vida lo va dictaminando. De una manera inmediata, volverían al colegio y a lo que han sido durante todo el filme: unos amigos. Amigos que a pesar de todas las tragedias que han vivido, tienen la obligación de la infancia de ser felices”.

· Érase una vez en Euskadi se estrenará en salas de cine el 29 de octubre.

 

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